Cómo ayudan los simbióticos al sistema inmune

El sistema inmune es uno de los 12 sistemas del cuerpo humano. 13 si consideramos a la microbiota como un órgano más.

Está formado por distintos órganos, tejidos y células especializadas que trabajan de forma coordinada, con un objetivo claro: la defensa.

¿Qué es el sistema inmune?

El sistema inmune, también llamado sistema inmunitario o sistema inmunológico, es un complejo mecanismo de defensa del cuerpo humano.

Se trata de un conjunto de reacciones coordinadas, en las que participan diferentes elementos, que mantienen el interior del organismo libre de partículas extrañas potencialmente nocivas.

A todos aquellos elementos externos al propio organismo se les denomina antígenos y en este grupo se encuentran toxinas, virus, bacterias y otros microorganismos.

La presencia de estos antígenos desencadena una reacción altamente especializada con el objetivo de contribuir a su expulsión y/o impedir que se extiendan por todo el cuerpo.

Se puede decir que nuestro sistema inmunitario funciona como un reloj de maquinaria suiza. Siempre está funcionando correctamente, dando la hora exacta cuando es reclamada.

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Intestino - cerebro

Sin embargo, hasta los relojes suizos, sin los cuidados pertinentes, pueden retrasarse o adelantarse. Cuando se retrasan, es decir, cuando la capacidad de reacción es lenta, se producen infecciones y enfermedades oportunistas.

Por el contrario, cuando se adelanta, es decir, cuando su capacidad de reacción es demasiado rápida o excesiva, se producen, por ejemplo, las alergias.

 

Como actúan nuestras defensas

¿Cuál es su función? ¿Cómo actúa?

La principal función del sistema inmunológico es la de identificar las partículas extrañas que pueden causar enfermedades con el objetivo de erradicarlas, de modo que el cuerpo permanezca sano y libre de enfermedades infecciosas.

La activación del sistema inmune se realiza a través de cuatro procesos:

Reconocimiento

El cuerpo, antes de realizar cualquier acción, debe reconocer la partícula extraña que puede hacernos daño. Es uno de los pasos más importantes, ya que de él dependerá el tipo de inmunidad que se pondrá en funcionamiento.

Todas nuestras células presentan una molécula en su superficie, una especie de identificador que indicará a los glóbulos blancos si se trata de una célula propia o de algo extraño.

Activación

Muchas células del sistema inmune tienen la capacidad de detectar a los agentes extraños e iniciar la respuesta defensiva.

En el momento que se produce el primer ataque por parte de un glóbulo blanco, se produce la síntesis de unas proteínas, denominadas citocinas, que informan a otras células que es el momento de destruir al agente patógeno. Es el momento de la activación.

Nuestro sistema inmune

Regulación

Una vez activado el sistema inmune, el cuerpo deberá enviar una señal que indicará cuando debe concluir el ataque.

En esto consiste la regulación del proceso, llevado a cabo por los llamados linfocitos T reguladores, que detendrán el ataque para evitar un daño propio.

Resolución

Todo comienzo tiene su fin. Y llega cuando se produce el exterminio del agente patógeno.

Pero la resolución implica también que el cuerpo guarde la información necesaria de esta operación para crear anticuerpos específicos, que actuarán en caso de nuevos ataques futuros.

 

 

Diferentes niveles de defensa, complementarios

Según la manera en la que este mecanismo de defensa se desarrolle se puede hablar de dos tipos de inmunidad, la innata y la adaptativa, que se complementan entre sí para lograr el objetivo.

Inmunidad natural

También se conoce como inmunidad innata. Es la que obtenemos desde el momento de nacer. Es decir, no necesita de la exposición previa a un patógeno.

En otras palabras, no es específica. No importa el microorganismo del que se trate, la respuesta es igual para todos. El único objetivo es eliminar el microorganismo.

Es un mecanismo de acción rápido, suficiente para que dé tiempo a nuestro cuerpo a desarrollar una respuesta específica si fuera necesario.

Patógenos, agentes externos

 

En este tipo de inmunidad se incluyen muchos elementos de seguridad, siendo la piel el más grande. La piel y las mucosas son el primer muro de contención para frenar los ataques de los posibles invasores.

Además de ser barrera física, estos tejidos presentan elementos como citocinas y péptidos antimicrobianos que también ayudan a la defensa.

En este tipo de inmunidad están incluidos los glóbulos blancos, capaces de eliminar elementos dañinos.

Dentro de la serie blanca hablamos de neutrófilos, eosinófilos, monocitos, macrófagos, células NK, mastocitos y basófilos. Estas dos últimas, aunque no son capaces de eliminar patógenos directamente, sí que segregan sustancias que activan el sistema inmune.

Inmunidad adaptativa

También llamada adquirida, es aquella que requiere la exposición a una partícula nociva o parte de ella para que se ponga en marcha. Por tanto, es más específica y efectiva.

Lo más destacado de este tipo de inmunidad es que tiene memoria. Esto le permite atacar a ese mismo agente extraño con la misma eficacia si nos lo volviéramos a cruzar en el camino en un futuro.

Los linfocitos son las células de la serie blanca encargadas de la defensa del organismo a través de la inmunidad adaptativa. Se clasifican en dos grandes grupos, los B y los T.

Los linfocitos B son los encargados de crear anticuerpos, es decir, aquellas partículas específicas en defensa de agentes patógenos específicos.

Los linfocitos T se dividen a su vez en colaboradores, que ayudan en la activación del sistema inmune, y los citotóxicos que atacarán a los individuos responsables de la infección.

Sin entrar en más detalles, la principal diferencia entre estos dos tipos de defensa es la capacidad de memoria y especificidad que presenta la inmunidad adquirida.

Tanto una como otra son necesarias para el organismo y trabajan conjuntamente para evitar la aparición de enfermedades.

 

Sistema inmune, acciones

 

¿Quién forma parte de este sistema?

Para cumplir con esta compleja función tienen que entrar en juego muchas estructuras. Desde los glóbulos blancos hasta la médula ósea, pasando por la sangre, la linfa, el timo, el bazo o los ganglios linfáticos.

¿Nada más? No.

El tracto gastrointestinal es el órgano inmunológico más extenso y complejo, debido al gran número de linfocitos localizados en el tejido y a la cantidad de anticuerpos sintetizados.

Aproximadamente el 70% del sistema inmune tiene su sede en el intestino, y es clave a la hora de aumentar las defensas.

La microbiota cumple funciones esenciales en el organismo, incluyendo la maduración del sistema inmune, la degradación de los alimentos, la producción de factores esenciales como las vitaminas o la protección frente a infecciones por patógenos.

Es, además, capaz de influir en el desarrollo del sistema nervioso, afectando el comportamiento del individuo.

El sistema inmune intestinal es fundamental en la defensa del organismo frente a microorganismos patógenos y antígenos que llegan a la luz intestinal.

Su evolución y mantenimiento está íntimamente regulado por las señales que provienen de las células epiteliales y por la gran comunidad de microorganismos que forman la microbiota intestinal.

Una disbiosis, una alteración en el equilibrio entre la comunidad bacteriana beneficiosa y la patógena, puede dar lugar al desarrollo de enfermedades.

Un simbiótico, la mezcla de cepas probióticas específicas y su alimento (prebióticos), puede contribuir a recuperar ese equilibrio y que el sistema inmune cumpla con su función primordial de defensa de nuestro organismo.

¡Al ataque!

BIBLIOGRAFIA
https://med.unne.edu.ar/sitio/multimedia/imagenes/ckfinder/files/files/Fisio/cap%208%20sistema%20inmune.pdf

Ldo. José Manuel García Raboso
Ldo. José Manuel García Raboso
Licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid con la Especialidad de Bioquímica. Siempre ha estado unido al sector farmacéutico y al contacto directo con el cliente, bien en Oficina de Farmacia o en diferentes Laboratorios farmacéuticos como AstraZeneca, Salvat o Lacer.
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